A Las Puertas De Una Nueva Medicina
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Estamos al borde de una gran revolución médica. Atravesando los umbrales que nos llevan a una medicina distinta y personalizada, que toma en cuenta hasta nuestra particular e irrepetible base de datos genéticos y epigenéticos. Una medicina basada en evidencias científicas que a la vez se acompaña del sentido humano mas profundo y trascendente.
Es una revolución sin precedentes respecto a los modos de reparar los efectos de las enfermedades, de las lesiones traumáticas o del envejecimiento. El impacto aún no he podido siquiera fantasearlo. Será maravilloso.
A lo largo de milenios hemos curado las enfermedades a través del uso de plantas medicinales.
Luego, hace ya unos 100 años, empezamos a utilizar fármacos producidos en laboratorios. Es decir de orígen sintético.

Y a partir de ahora vamos a empezar a utilizar sustancias humanas como los genes o las células madre para cuidar de nuestros cuerpos y “rediseñarlos”.
Estaremos en busca del equilibrio entre el sentido humanístico de nuestra labor diaria y los conocimientos mas sorprendentes que nos regalan la genética, la epigenética, la proteómica y la PsicoNeuroInmunoEndocrinología.
Nuestros conceptos acerca de la herencia darán un giro rotundo. Las zonas oscuras de ésta disciplina comienzan a aclararse.
El Proyecto Genoma Humano no alcanzó por sí mismo a develarlo todo. No alcanzó por si solo a respondernos quienes somos, como funcionamos, como y porqué nos enfermamos, y como podemos curarnos. No explicó mas allá de cierto porcentaje de lo que realmente necesitamos saber acerca del ser humano.
Epigenética y Proteómica: la tarea continúa.
La gran revolución científica del siglo pasado (década del ´90) tuvo que esperar a las nociones de la epigenómica y la proteómica para cerrar un círculo de conocimientos y abrir miles de preguntas y caminos.
Vamos a entender el profundo sentido de lo humano desde una perspectiva multinivel inesperada. Y así podremos entender, entre tantas cosas, la trascendencia transgeneracional. Conoceremos sobre el legado de nuestros genes desde nuestros bisabuelos hasta nosotros y desde nosotros hacia nuestros nietos y bisnietos como nunca lo habíamos percibido. Y comprenderemos entonces que la trascendencia humana es multidimensional, y no solo una metáfora, una esperanza, o una cuestión limitada a lo filosófico o psicológico.
“La ciencia de una generación era la magia de la precedente” (Arthur C. Clark)

El “genoma humano” no hace un ser humano, sino un ser “humanizable”.
(Humberto Maturana)
Vivíamos hasta hoy convencidos de que las experiencias multidimensionales que habían acumulado nuestros padres y nuestros abuelos en su vida no se heredaban, y muy contrariamente a ello, que tales experiencias se perdían para siempre. Y que los genes se transmitían inalterables de generación en generación. Guardados celosamente dentro de un núcleo celular inaccesible.
Este pensamiento de inalterabilidad genética multigeneracional ha persistido porque desde el discurso de la biología molecular y genética tradicionales se había considerado y asegurado que tus padres y tus abuelos simplemente te transfieren los genes tal como le fueran transmitidos a ellos. No más que eso. Y no había posibilidad de transferencia de cambios entre generaciones cercanas, sino que todo cambio en la información genética quedaba reservado para la especie, y a lo largo de miles o millones de años.
Creíamos que los cambios en la expresión de genes solo serían el resultado de mutaciones genéticas tendientes a preservar a la especie en su evolución. Es decir que se producían solo en el escenario filogenético. Pero no en el ontogenético.
Se hablaba de mutaciones pero no de epimutaciones, definidas como alteraciones de las marcas epigenéticas normales que pueden ser transmitidas de padres a hijos.
Sin embargo, cada vez hay más informes que corroboran la existencia de dispositivos que admiten el traspaso de caracteres de una generación a las inmediatamente sucesivas. Tanto los hábitos de comportamiento como los riesgos de enfermar de tal o cual enfermedad. Ambos, se sabe hoy, se pueden transmitir por una vía independiente a la genética clásica, una vía alternativa llamada epigenética.
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